A veces, el destino se manifiesta en los detalles más pequeños. Para Oscar de Luca, kinesiólogo de profesión, y María de los Ángeles, contadora, la aventura comenzó con una pregunta simple: ¿por qué las dos plantas de kiwi de la chacra familiar nunca daban frutos? Lo que empezó como una investigación para resolver un misterio doméstico, terminó convirtiéndose en El Kiwal de Saladillo, un proyecto que hoy es referente del turismo rural y la producción agroecológica en la provincia de Buenos Aires.
Del consultorio a la tierra: El nacimiento de una pasión
La historia se gestó mientras la pareja vivía en Mar del Plata. Oscar, movido por la curiosidad, consultó con productores de la zona de Sierra de los Padres. Al ver aquellas plantaciones, sintió una conexión inmediata: «Esto es lo que quiero para mí», se dijo. Así, en 2009, comenzó la transformación.
Lo que muchos veían como un riesgo —ya que Saladillo no pertenece al cordón frutícola costero tradicional—, ellos lo vieron como una oportunidad. Estudiaron el suelo, el agua y, sobre todo, el clima. Descubrieron que el frío intenso de los inviernos de Saladillo, lejos de ser un obstáculo, era la bendición que el kiwi necesitaba para acumular energía y «explotar» en primavera.
Desafíos y excelencia en la producción
Instalar un kiwal no es tarea sencilla. Requirió plantar cortinas naturales de casuarinas para proteger las plantas del viento, instalar sistemas de riego y protección antigranizo. Pero quizás el dato más sorprendente es la polinización.
Para asegurar la calidad, además de la polinización natural, realizan una manual utilizando polen que cuesta alrededor de 500 USD el gramo. «Es un insumo caro, pero te asegura que la flor cuaje y el fruto sea perfecto», explica María de los Ángeles. Hoy, cuentan con 500 plantas de kiwis y han expandido su horizonte hacia los cítricos, creando lo que ellos llaman «el camino de la vitamina C».
«Kiwis Saladillo»: Un sello de calidad agroecológica
María de los Ángeles, diplomada en Turismo Rural por la UBA, fue la pieza clave para posicionar la marca. Lograron la certificación de fruta agroecológica a través del Ministerio de Desarrollo Agrario, garantizando al consumidor un producto libre de agroquímicos.
Pero no se detuvieron en la fruta fresca. Agregaron valor con mermeladas artesanales de alta calidad y kiwis frisados, permitiendo que el sabor de Saladillo llegue a las mesas durante todo el año. Además, al formar parte de Mercados Bonaerenses, facilitan el acceso a sus productos con beneficios como los descuentos de Cuenta DNI, haciendo del «buen vivir» algo accesible para todos.
Ser «cosechero por un día»: Una experiencia para los sentidos
El Kiwal de Saladillo invita a los visitantes a sumergirse en la naturaleza. El programa de turismo rural es un éxito rotundo, especialmente entre quienes buscan escapar del ritmo frenético de la ciudad.
La propuesta es tentadora: un recorrido de dos horas donde los turistas aprenden sobre el cultivo, interactúan con las plantas y, lo más emocionante, pueden cosechar su propia fruta. La jornada culmina en «la matera», un espacio de paz donde se degustan mermeladas y se comparte la experiencia en comunidad. «Vivir esta experiencia es despertar todos los sentidos con un único escenario: la naturaleza», afirma María.
¿Por qué elegir el kiwi? Un aliado de tu salud
Además de ser delicioso, el kiwi es una superfruta. Integrarlo en tu dieta diaria ofrece beneficios inigualables:
Fortalece el sistema inmune gracias a su altísimo contenido de Vitamina C.
Es una excelente fuente de fibra, favoreciendo la digestión.
Aporta ácido fólico y es un potente antioxidante.
Protege la salud celular y acelera la cicatrización.
Saladillo: Tu próximo destino de escapada
A solo 185 km de la Ciudad de Buenos Aires, Saladillo se presenta como el destino ideal para un fin de semana diferente. Además de visitar el kiwal, podés recorrer el Vivero Cazón (el más grande de la provincia), admirar su arquitectura histórica y disfrutar de una gastronomía auténticamente bonaerense.
El Kiwal de Saladillo no es solo una plantación; es la historia de una mujer y un hombre que se animaron a soñar en grande. Es una invitación a valorar lo nuestro, a comer sano y a redescubrir el placer de lo artesanal.














