Descubriendo La Trochita
Siempre había escuchado hablar de La Trochita, ese mítico tren que desde 1945 recorre las tierras de la Patagonia argentina. Sin embargo, vivirlo en primera persona es algo completamente diferente. Desde el momento en que llegué a la estación de Esquel, supe que esta experiencia sería un viaje en el tiempo, un recorrido donde los ecos del pasado aún resuenan entre las montañas y el viento patagónico.
Este tren, también conocido como el Viejo Expreso Patagónico, mantiene intacta su esencia. Sus vagones de madera, su locomotora a vapor y la angosta trocha de 75 centímetros lo convierten en una verdadera joya histórica, una máquina del tiempo que nos transporta a los días en que el progreso se vestía de hierro y vapor.
¿Cuál es el recorrido de La Trochita?

Desde el primer paso en la estación de Esquel, me sentí como si hubiera cruzado un portal que me llevaba directo al siglo XX. Los antiguos faroles, los bancos de madera y las fotos en blanco y negro de aquellos primeros viajes evocaban la época en que La Trochita era el principal medio de comunicación para muchas familias del sur. Todo está diseñado para sumergirnos en esa atmósfera nostálgica, donde el tiempo parece detenerse.
Al abordar el tren, la sensación de estar reviviendo una parte de la historia es aún más intensa. Los vagones, de origen belga, tienen esa autenticidad que no necesita lujo para cautivar. El chirrido de las puertas, el sonido del silbato y el humo de la locomotora llenan el aire con la promesa de un viaje inolvidable.
La Trochita: una conexión con la naturaleza
Mientras La Trochita avanzaba lentamente, el paisaje patagónico se desplegaba ante mis ojos como una postal. Los cerros que rodean Esquel, la vasta estepa y el cielo infinito creaban un escenario único. El tren avanzaba con calma, cruzando puentes y desafiando curvas, mientras los pasajeros nos dejábamos llevar por la tranquilidad del trayecto.
Una de las experiencias más fascinantes fue recorrer los vagones durante el viaje. Al pasar de uno a otro, podía sentir cómo el tren se movía al ritmo de la trocha angosta, como si estuviera en sintonía con el latido de la Patagonia. En el comedor, pude disfrutar de un chocolate caliente mientras el paisaje desfilaba por la ventana, una experiencia que me hizo sentir parte de una película antigua.
Llegando a Nahuel Pan
Después de una hora de viaje, llegamos a la estación de Nahuel Pan, un pequeño paraje donde La Trochita toma un respiro antes de emprender el regreso a Esquel. Este tiempo de espera me permitió visitar el museo local, donde aprendí más sobre la cultura mapuche-tehuelche y su relación con el tren. Me impresionó cómo este tren, que una vez fue vital para la comunicación y el comercio de la región, ahora funciona como un puente que conecta a los visitantes con la historia y las tradiciones de la Patagonia.
Durante los 45 minutos en Nahuel Pan, también pude caminar por los alrededores de la estación y observar la majestuosidad del tren descansando entre las montañas. Fue un momento para apreciar el esfuerzo y la dedicación de quienes, durante más de un siglo, han mantenido vivo este símbolo del progreso y la superación.
Regreso a Esquel: una despedida difícil
El regreso a Esquel fue igual de especial. Mientras La Trochita volvía sobre sus pasos, no pude evitar pensar en todo lo que este tren ha significado para la región y para la gente que lo ha mantenido en funcionamiento. No es solo un atractivo turístico; es un símbolo de resistencia, una reliquia viviente que ha sobrevivido a las adversidades y al paso del tiempo.
Al llegar de nuevo a la estación, me di cuenta de que este viaje no era solo un paseo en un tren antiguo. Era una conexión con el pasado, una experiencia que me permitió ser parte de una historia que sigue escribiéndose en cada viaje de La Trochita. Es difícil despedirse de algo que te hace sentir tan cerca de tus raíces, de la esencia misma de la Patagonia.
¿Desde dónde sale la trochita?














